«Obsesionada»: cómo La Libertad Avanza buscó psicologizar la crítica de Lali Espósito a Javier Milei y convertirla en confrontación

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El presidente la apodó «Ladri Depósito» y desde el universo libertario se instalaron acusaciones públicas como “ladrona” o “kuka”, acompañadas por fake news, entre ellas la versión de shows supuestamente financiados por el Estado que no existieron.

En paralelo, la artista respondió con recursos propios del escenario: canciones, vestuarios, gestos e iconografías. En ese recorrido aparecieron temas como «Fanático» y «Payaso» y una decisión repetida: usar el arte como espacio de denuncia y de respuesta.

El escritor y periodista Juan Ignacio Provéndola, autor de Rockpolitik, lo planteó desde una pregunta que ordenó la estrategia oficial: «¿Por qué considero que el presidente elige a un artista como rival? Porque me parece que él detectó que eso le funcionaba después de su primerísima experiencia que fue con La Renga«.

“Obsesión” como etiqueta: qué significa en clínica y qué significa en Twitter

El término “obsesión” circuló como insulto político, pero en psicología tiene un sentido preciso. La licenciada Delfina Bertola explicó que una obsesión «alude a ideas, imágenes o pensamientos recurrentes e involuntarios, intrusivos, que se imponen a la conciencia y generan malestar».

El diagnóstico que más se asocia a ese cuadro es el Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC), que incluye compulsiones: «conductas repetitivas para aliviar la angustia, como chequear reiteradas veces una puerta o lavarse excesivamente las manos».

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Bertola marcó una diferencia directa con el caso: “No creo que el hecho de defenderse públicamente ante una agresión, hecha también públicamente, pueda ser reducido a una obsesión”. Y agregó un punto central: “Convertir el debate cultural y político en un diagnóstico psicopatológico no solo es conceptualmente incorrecto, sino que contribuye a banalizar categorías de salud mental”.

El psicólogo Matías Buzzo Pipet reforzó esa frontera conceptual: “Ante todo, un pensamiento obsesivo no es algo que se elija voluntariamente. Quien lo experimenta lo padece”. En su explicación, la idea obsesiva produce un conflicto mental “eterno” y empuja a la compulsión, esa acción repetitiva para desalojar momentáneamente el pensamiento.

Su ejemplo fue explícito: idea obsesiva «me olvidé la llave del gas abierta…. (Por lo tanto va a ocurrir algo terrible). Compulsión: regresar a mí casa y abrir y cerrar 3 veces la llave de paso de gas. Si lo hago solo una vez… La idea regresa (´no la cerré bien´)».

Desde esa definición, el diagnóstico “obsesionada” pierde sustento como categoría clínica y queda expuesta como etiqueta cotidiana o herramienta de desacreditación. Por supuesto, ante una utilización errónea y banalizadora de la patología.

«Luego está el uso que la vida cotidiana ha dado a este concepto, que nos lleva a pensar que tanto un enamorado o alguien que odia profundamente, están «obsesionados» con el objeto de su amor/odio», agregó Buzzo Pipet. Por supuesto, «es distinto al uso que se le da a esta palabra en el contexto de una patología o un padecer psíquico».

No obstante, la utilización de esta patología es severa, ya que se trata de algo que «puede llegar a limitar en forma extrema la vida de una persona», según declaró el licenciado. «Si pudiésemos decir que el obsesivo tiene una meta en su vínculo, es que ese otro no le pida nada… porque él ya lo dio todo», remató.

El intento de despolitizar la crítica

El sociólogo Octavio Stacchiola, investigador del CONICET, sostuvo que hablar en términos de obsesión no fue inocente: “Creo que hablar en términos de ´obsesión´ es una forma de despolitizar la crítica. Cuando una artista opina sobre decisiones gubernamentales o sobre el rumbo del país, eso forma parte del debate público”.

En su lectura, el mecanismo discursivo fue claro: “Cuando se reduce la intervención de una artista a una supuesta fijación personal, se desplaza el eje del debate desde el contenido de lo que se critica hacia la supuesta psicología de quien critica”. El objetivo es deslegitimar la palabra disidente sin discutir el fondo.

Stacchiola lo resumió en una frase que funcionó como punto de quiebre: “En democracia, la crítica no es una patología individual, sino un derecho político”.

Esa operación también se apoyó en un marco cultural más amplio. Para Bertola, «no es la primera vez que un concepto tomado de la psicopatología se usa para estigmatizar», sobre todo tratándose de una mujer. “La loca” o “La obsesionada” operan como etiquetas seleccionadas para «rebajar una opinión y vaciarla de su significado sanitario».

lali

Lali le respondió a Milei en reiteradas ocasiones.

Archivo

¿Hay una “pelea entre iguales”?

La acusación de obsesión se presentó la situación como un conflicto mediático de celebridades pares, una “pelea” entre dos figuras públicas. Pero la estructura de poder es otra. Stacchiola remarcó la desigualdad de base: “Desde ya, hay una relación asimétrica. Un presidente no es un actor más del debate público porque concentra poder institucional, recursos estatales y una enorme capacidad de producción de sentido”.

Esa asimetría tiene consecuencias. “Cuando el jefe de Estado responde a una artista, no lo hace desde un lugar neutral. Lo hace investido de autoridad. Es una voz autorizada”, afirmó. Y advirtió que esa autoridad, usada para desacreditar, cumple una función disciplinadora, donde marca los límites de lo decible.

La voz de Lali es influyente y tiene potencia también. Puede generar opinión pública, pero carece del mismo peso que la de un Presidente encargado de decidir el rumbo de un país entero, y con un poder acumulado mucho mayor. En síntesis, si Milei no quiere, la cantante no opina, pero también es verdad que a ambos les conviene el ida y vuelta.

En esa línea, Stacchiola sostuvo que la equiparación es funcional porque transformó un conflicto político en espectáculo: “Presentarlo como una ´pelea´ entre dos figuras públicas despolitiza el asunto y lo convierte en espectáculo”.

Provéndola coincidió y lo empujó más lejos: “Es el Presidente de la Nación que entre otras cosas es también el comandante jefe de las Fuerzas Armadas, y es el jefe de las distintas fuerzas represivas del Estado”. Por eso insistió: “Entonces sí, es absolutamente asimétrica, porque aparte Milei convierte lo que inicialmente es una simple crítica, en un problema de Estado”.

El sociólogo también sumó un factor de género: “Tiene implicancias importantes el hecho de que Lali sea mujer”. Señaló que las mujeres que ocupan el espacio público y ejercien voz política son evaluadas bajo otros parámetros y acusadas con facilidad de “emocionales”, “exageradas” o “personalistas”.

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El beneficio de pelear con artistas para Javier Milei

Provéndola ubicó la estrategia oficial en un aprendizaje previo. Recordó que, antes de ser diputado, Milei usó por primera vez «Panic Show» en un acto en los bosques de Palermo y después lo repitió en Parque Lezama. Cuando La Renga publicó un comunicado de rechazo, el entonces dirigente no retrocedió y recrudeció su postura.

En palabras del escritor, fue “la primera vez que un dirigente político, cuando un artista le pide que no use su obra, se niega”. Y ese gesto «le funcionó» en términos de excitación pública y posicionamiento con su electorado. Según estima, a banda de Mataderos «fue el primer contrincante público que tuvo Milei en los inicios de su carrera política».

Bajo esa lógica, para el escritor el conflicto con Lali es una repetición con un ingrediente extra: “Me parece que también hay una cosa perversa de detectar cuál es el enemigo que por un lado sirve más en la excursión pública, pero por el otro es más vulnerable al ataque”.

Provéndola lo dijo de forma directa: “Probablemente Lali por su condición de mujer sea más atractiva como enemigo para Milei y para todo lo que él representa”. Y agregó: “creo que hay un elemento de misoginia grande en el mandatario y en el espacio que representa”.

Por otra parte, afirmó que «la música pop, como la de Lali, o la música rock, como la de La Renga, pertenecen a expresiones de la cultura popular y la cultura masiva«. Sin embargo, no esquiva que la artista oriunda de Parque Patricios forma parte de las «industrias culturales», dado que «publica por multinacionales, pertenece a todas las redes de legitimación, como los Grammys y todo ese tipo de premiaciones».

Esto refiere, según Provéndola, a la «cultura es mercantilizada y juzgada estrictamente por parámetros comerciales». Por tal motivo no considera a Lali como «cabecera de una reacción de la cultura popular».

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«Quizás ella también hábilmente lo toma en su beneficio, lo cual no me parece cuestionable. En definitiva, no fue ella la que generó este conflicto, al menos en el volumen. Ella hizo un comentario hasta bastante sencillo o una crítica bastante sencilla y fue Milei que le dio otra catadura con acusaciones terribles», sentencia, y lo dicho puede reflejarse en los cinco estadios Velez Sarsfield y los dos estadios River Plate que llenó Lali en el último año.

Sin embargo, quizás a diferencia de una banda independiente como La Renga, para Provéndola «no está en la trinchera, ni ella es parte de la trinchera», dado que sus shows tampoco son un ritual contestatario y contracultural, sino «un espectáculo de divertimento y punto».

Del insulto a la fake news: acusaciones, desgaste y rendimiento político

En el vínculo con Lali, el presidente no se limitó a contestar, sino que escaló. Provéndola recordó una respuesta temprana del mandatario luego de apodar despectivamente y cuestionar a al artista: “Dijo, si te gusta el Durazno, bancate la pelusa, una cosa muy amenazante. Esa fue la frase textual, muy amenazante”.

En esa misma intervención, la acusó de cobrar y cantar para el Estado, en un contexto donde, según Provéndola, esas imputaciones resultaron contradictorias y funcionaron como parte de un patrón de falsas acusaciones contra artistas críticos.

Stacchiola explicó que el encuadre buscó producir “formas indirectas de censura” como doxxeo, señalamiento y escraches digitales coordinados. “No hace falta prohibir, alcanza con estigmatizar desde la cúspide del poder”, planteó, y advirtió que el efecto se amplifica cuando la estigmatización proviene del Presidente.

Según su análisis, el conflicto cultural también cumple una función coyuntural: corre el foco desde condiciones materiales hacia disputas simbólicas altamente mediatizadas. Sin embargo, advierte un límite político, donde estas ofensivas tienden a producir “rendimientos decrecientes o directamente negativos”, porque cada ataque exige más intensidad para lograr el mismo efecto.

Milei Lali

Alguna de las veces que Milei apuntó públicamente contra Lali.

Arte, protesta y “batalla cultural”

En el centro de la acusación de “obsesión” queda una disputa por el sentido, con un debate respecto a si la intervención artística es protesta o patología. La lectura psicológica de Bertola fue contundente: para hablar de obsesión se necesita padecimiento, intrusión, pérdida de control. Defenderse públicamente ante una agresión pública no entra en esa definición.

Buzzo Pipet lo llevó a una vara todavía más concreta: “Para que Lali esté obsesionada con Milei tendríamos que obtener de ella la confesión de que es incapaz, mediante un acto voluntario, de sacar de su cabeza toda representación que tenga con Milei”. Y sumó: “Tendríamos que ver, además, otros síntomas que acompañan a un obsesivo”.

Provéndola, por su parte, devolvió el conflicto al terreno donde se jugó: el arte como lenguaje político. “Por supuesto que el arte y la música es un escenario de respuesta política. El arte y la música es político. Es un espacio de discusión política, no solo de respuesta”.

«El ser humano es un animal político, incluso el que se considera apolítico. Ya ese solo enunciado es una acción política», señaló. Y agregó: » El arte entra en ese lenguaje de signos, de símbolos, de representaciones, de interpelar. El arte también es una manera de entender la realidad en mano de quien lo produce, y en manos de quien consume el arte, es una manera de aproximarse a otra interpretación de la realidad distinta a la que ese consumidor puede tener por su propia cuenta».

Desde esa perspectiva, la acusación de obsesión opera como intento de degradar una protesta a un capricho personal. En la lógica libertaria, “obsesionada” funciona como forma rápida de desactivar la crítica sin discutirla.

El problema es que el propio conflicto desmiente el encuadre. La disputa no se agota en redes: se traduce en canciones, puestas en escena, consumos culturales y reacción social. Provéndola recordó que «Fanático sonó mucho” en las marchas federales universitarias y se convirtió en plataforma de protesta», una prueba de que el arte no actúa como berrinche individual sino como signo colectivo.

La acusación de “obsesión” busca cerrar la discusión con un diagnóstico de cotillón. Pero en un país donde el Presidente convirtió una crítica en “problema de Estado”, la pregunta ya no es si Lali piensa demasiado en Milei, sino por qué el poder necesita leer la disidencia como patología para sostener su batalla cultural, aquella que la cantante también sostiene desde su lugar.

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