Solo como una perra, los fragmentos de un discurso amoroso que regresaron para desafiar la memoria disidente rosarina

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Miguel Passarini

En Fragmentos de un discurso amoroso, el semiólogo francés Roland Barthes habla de la soledad como ese estado de vulnerabilidad y espera que en algún momento de la vida se transita de forma inevitable. Aunque quizás esa soledad, cuando se piensa en términos no binarios, duela un poco más, y esa idea de espera se vuelva ensoñada, disidente y sobre todo poética, donde los escenarios son un espacio de resguardo y salvación.

Así, como un recuerdo, como una invocación, como la exhumación de un pasado donde todo era futuro, el actor Juan Pablo Geretto, ahora de la mano del director Juanse Rausch, dos talentos de distintas generaciones que dialogan y se potencian en escena, volvieron a poner de pie Solo como una perra a un cuarto de siglo de su estreno original.

Y lo hicieron con sabiduría, con una sensibilidad extrema, transitando el inevitable tamiz de la deconstrucción. También, con una belleza inusual, desafiante, más cercana a la de la estética Queer que a la de aquellos cuadros de transformismo clásicos que vieron nacer por fragmentos y personajes un espectáculo que con el tiempo se mitificó y llegó a ofrecer una función multitudinaria en el Monumento Nacional a la Bandera para casi 20 mil espectadores, entre otras proezas de la época.

Estrenado el sábado último en el teatro Broadway donde se presentará todos los sábados de enero, al menos por el momento, este nuevo Solo como una perra es una reconstrucción, y en términos metateatrales, es la puesta en escena de esa reconstrucción a partir de una vieja cinta de audio y poco más, porque extrañamente no hay registros de aquella obra que recorrió los escenarios a lo largo de once años, y si los hay, están guardados en la memoria colectiva o bajo siete llaves.

Pero ese viaje, ahora con una escenografía que desde sus formas y su variación de rojos pareciera evocar los recoletos escenarios de los cabarets de los años 30, como pasa con el vestuario y otros accesorios, lo que convierte a la propuesta en un hallazgo escénico es, también, una especie de túnel del tiempo que en su plan de traer al presente una obra con todos sus personajes, son un par de aquellos que en su reconstrucción dispararon a un primer plano lo que estaba por detrás, lo basal, la prehistoria que pedía ser contada.

Y en ese proceso de recuperar información, La Paraguaya devolvió a Geretto a su Gálvez natal, con su patria de la infancia y sus inevitables contradicciones de la mano de un chancho de yeso ganado en una quermés donde se escuchaba a Camilo Sesto cantando “Vivir así es morir de amor”. Y más tarde, la evocación de la inmanente y exuberante Lía Crucet lo trajo a Rosario, a los bares de entonces, a los carnavales y a su fundacional encuentro con La Correntina en zona sur, para empezar una camino de descubrimientos maravillosos que, entre mascaritas de febrero y escenarios de pequeños bares con escenografías efímeras de papel maché donde la diversidad no era cuestionada, lo transformaron en un artista de una presencia escénica y vínculo inmediato con el público verdaderamente deslumbrantes.

Ahora, este Sólo como una perra es un pequeño music hall que recuerda aquella epopeya de la diversidad, tan ambiguo y bello como su nombre, donde Geretto, más allá de sus monólogos que a lo largo de las funciones encontrarán su lugar preciso, con los que abre y cierra, y sus personajes, canta, y lo hace estupendamente, pero hace todo deliberadamente alejado de cualquier posible máscara: ahora es él todo el tiempo y en cada rincón del espectáculo, porque el artificio está siempre a la vista.

Incluso, más allá de que sostenga que “la obra está perdida” y hable de aquella proeza en un pasado incierto y desdibujado, como las coordenadas de un mapa, el actor, siempre sabio y orgánico, vuelve a trazar minuciosamente cada tramo del camino, deteniéndose en lugares poco conocidos para el público que fue parte de esas otras etapas de esa misma obra o de los personajes que la fueron habitando en sus distintas temporadas.

Y eso puede doler (y duele) casi como un grotesco donde por lo mismo que se ríe, se llora; donde la felicidad y la nostalgia se parecen bastante, y donde cada momento es un nombre, un encuentro, un viejo camarín con olor a humedad y el abrazo con todas aquellas y aquellos que, entre tacos, pelucas y maquillajes compartidos fundaron una época maravillosa del under local.

Juan Pablo Geretto: “Si me pienso en retrospectiva, siento que en mi sola presencia está mi militancia”

Fue una época de una libertad real, algunos años después del regreso de la democracia, donde los códigos no estaban en discusión y donde las reglas del transformismo se respetaban, porque cada escenario era una escuela y cada noche, aquellas canciones de amor desesperadas hacían latir más fuertes los corazones, siendo todos y todas parte de una familia que había sido elegida. De hecho, esa pertenencia es basal en esta nueva versión del espectáculo.

Es así que si la memoria es, por encima de todo, la capacidad de recordar, ese recuerdo puede venir acompañado de algunos olvidos, de cierta melancolía que en algún momento se salió del foco y ahora se posó bajo una luz incandescente, fulgurante, donde los recuerdos se vuelven homenajes.

En esa epopeya disidente que marcó una camino que llega hasta el presente, la memoria no funciona desde la vergüenza o la culpa sino todo lo contrario: los huesos del espectáculo se esfumaron como un mecanismo de defensa pero ahora necesitaron decir presente, con su protagonista envuelto entre el llanto y la risa, para cerrar todo con un abrazo, otra vez, en una invocación pública e íntima de un universo de mujeres de boquitas pintadas en medio de una noche más de una libertad sin imposturas, teñida de un imprescindible “dramatismo refulgente” .

Para agendar

Solo como una perra se presenta los sábados de enero, a las 21, en el Teatro Broadway (San Lorenzo 1223), donde también se venden las entradas en horarios habituales de boletería, o bien de forma online ACÁ.

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